Instinto
Villaguay es una ciudad de 30.000 habitantes y como en todo pueblo, los fines de semana la plaza principal se transforma en el epicentro de reuniones de jóvenes y adultos. Algunos se instalan a tomar mate, otros llevan sus chicos al sector de juegos infantiles o dan “la vuelta al perro” con sus coches o motos.
En uno de esas tantas salidas “en familia” de los fines de semana, Lina halló en la plaza un pichoncito de paloma que había caído de su nido. Apenas podía volar de manera que decimos traerlo a casa.
El trayecto se tornó un suplicio: Lina que se movía para oler al plumífero amigo, el pajarito que se quería escapar, yo me aferraba con “todos” los músculos para evitar caerme y Sergio que debía manejar y soportar en sus espaldas toda la infernal batalla. Ese día habíamos ido en
Lo puse en una cajita, le dí agua, pedacitos de pan mojado y lo envolví con trapitos.
Lina decidía de tanto en tanto, ir a “husmear” ese ser oculto en la caja. Nosotros la retábamos para que no lo molestara, pero era inútil… ella volvía. En varias oportunidades debíamos trasladarla alzada y la instalábamos en sillón para que se durmiera, pero a la mañana siguiente, ella amanecía al lado de la caja durmiendo sobre el piso..
Los días restantes sucedieron de igual forma y cuando iba a darle agua o comida, ella estaba primero que yo… También fue ella la que descubrió que el plumífero amigo ya había conseguido su libertad prematuramente…
¿Lo habría tomado como su hijo?.
En fin… cosas inexplicables del sentimiento animal…

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